Tras largos meses de espera, y sorteando todos los elementos adversos - el centro de buceo olvidó el día concertado y el restaurante apalabrado decidió el día anterior cerrar por el mal tiempo - casi una docena de miembros del club CIES a bordo, digo a lomos de La Cayetana, a galope tendido atravesaron las olas y consiguieron llevar a buen término la inmersión.
Contamos con la presencia del aspirante más joven del club, Darío, que puso una sonrisa en la cara de todos los que pudimos comprobar sus progresos desde la barbacoa del año pasado; y del apoyo femenino que, en su mayoría, decidió esperar en el poblado de Sancti-Petri, fantasma de un pueblo creado por el Consorcio Nacional Almadrabero en los años 40.
Bajo el mar, y capitaneados por Félix, contemplamos quizá una huella de la sangrienta batalla que cedió la supremacía del mar a Inglaterra, en forma de cañones mudos y anclas abandonadas, restos ¡quien sabe! si del Santísima Trinidad, del Redoutable, del Argonauta, o de las prisas por soltar lastre del francés Formidable cuando el enemigo desde barlovento surcaba el agua más rápido que él.
Tapizado de madrepodarios naranjas, el paisaje dejaba ver nudibranquios, estrellas, un enorme coral, un pulpo escondido o una caracola degustando una holoturia. Borriquetes en bandos y serránidos posados sobre el fondo, con una aceptable visibilidad.
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Tras la inmersión, la sabia gestión de Ricardo y Yeye resultó en una paella sabrosa y a punto, y un pescaito frito que pareció sacado de la parábola de los panes y los peces a juzgar por lo que sobró.
El día, tras un exhaustivo examen de un ordenador de buceo por parte del elenco del club a su propietaria, terminó con una gira turística por Chiclana, en la que además de imaginar el Templo de Melkart (ahora castillo de Sancti Petri) desde el punto mágico donde dice la leyenda que en los equinoccios de primavera y otoño el sol se oculta entre estruendosos chirridos sobre él; tuvimos ocasión de adentrarnos - bajo la pericia de la guía - en sus extensas urbanizaciones y polígonos industriales hasta llegar al famoso tailandés donde, para desilusión general, no había masajes sino cafés.
Aurora Claver.